Las imágenes de los daños que sufrieron las instalaciones del recientemente inaugurado Monumento del Bicentenario calaron hondo en la opinión pública y en el ánimo de miles de tucumanos: el injustificable acto de presunto vandalismo se ganó un repudio generalizado en las redes sociales, en la calle y en las páginas de los principales medios de comunicación. Sin embargo, ese ataque contra el patrimonio de la ciudad -es decir patrimonio de todos los vecinos de San Miguel de Tucumán- aun cuando haya sido perpetrado por uno o varios individuos afectados por un desequilibrio emocional o por personas bajo efectos del alcohol, podría estar mostrando un alarmante subdesarrollo social y una casi nula o muy baja estima y cuidado hacia los bienes públicos comunes.

Aunque miles de personas que participaron a los festejos del Bicentenario de la Declaración de la Independencia evidenciaron un comportamiento prácticamente ejemplar y a la altura de las circunstancias, especialmente el enorme gentío que se movilizó para asistir al desfile cívico militar del 9 de Julio, no es menos cierto que esa injustificable agresión al flamante espacio público es más propia de conductas individuales inexplicables y hábitos dañinos, insensibles y hasta delictivos.

Las autoridades municipales reaccionaron por el ataque, toda vez que la administración de la capital provincial debió realizar una fuerte erogación para la construcción del Monumento del Bicentenario y la adecuación urbanística de la zona, pero por sobre todo, porque se buscó instalar en ese ambiente arquitectónico la idea de que se edificó un espacio abierto y de gran cercanía para los potenciales visitantes, en línea con criterios integradores y socializadores de la gestión de lugares públicos. Ahora, luego de la reparación de los destrozos se ha decidido acordonar la zona e instalar una protección especial, para mantenerla a salvo de eventuales nuevos desmanes y -en suma- alejarla de la proximidad de los vecinos. Algo similar se hizo hace años para preservar la casona del parque Gillermina, que ha sido rodeada por una alta reja.

Habría que decir que, pese a que por este ataque contra uno de los nuevos íconos de San Miguel de Tucumán paguen “justos por pecadores”, la similitudes con otros provocados contra estatuas, frontispicios, jardines, parques, paredes y lugares de interés cultural y recreativo pueden concederle la razón al municipio en esta decisión de proteger y preservar el lugar a rajatabla, pero deberíamos preguntarnos respecto de por qué la Municipalidad no tomó ya antes de la inauguración las precauciones debidas para cuidar y vigilar la obra. Y también parece necesario la urgente puesta en marcha de una campaña de educación y respeto a los bienes comunes de los tucumanos, que repare en el requisito de que las buenas prácticas de vida se construyen desde la propia familia, toda vez que se trata del lugar reconocido como la fuente básica y fundacional del desarrollo de la cultura del respeto, la tolerancia, la urbanidad y el entendimiento colectivo y comunitario.

Los operarios han reparado rápidamente los daños ocasionados en el monumento de la avenida Mate de Luna; los tucumanos debieran asumir que no puede volver a ocurrir otro incidente como este. La madurez, la cordura, el orden y el acatamiento a las legislaciones vigentes no debe transformarse en una asignatura pendiente.